Hay libros que la humanidad ha decidido no leer, y el procedimiento más eficaz que ha encontrado para no leerlos es darlos a los niños. El principito es uno de ellos. Lleva más de ochenta años impreso, se ha traducido a cientos de lenguas, se regala en los bautizos y se cita en los funerales, y su secreto (el autor tuvo la cortesía de llamarlo así, y de ponerlo en boca de un zorro) está escrito con todas sus letras en la página que cualquiera abre. Nadie lo ha robado, porque no hay nada que robar. Esa circunstancia, que a un editor le parecería una garantía de éxito, a mí me parece una prueba de otra cosa: un secreto que sobrevive intacto a millones de ejemplares no es un secreto de puertas. Es un secreto de naturaleza. Lo dije en Dejar de vivir dividido de nuestros rituales, que llevan siglos impresos sin perder nada esencial, porque lo esencial nunca estuvo en el papel. El zorro lo dijo antes y con menos palabras.
Borges imaginó una vez una secta cuyo rito nadie describe y que, sin embargo, todos cumplen de algún modo, en ruinas, en sótanos, con una vergüenza que no impide la obediencia. Sospecho que la secta del Fénix tiene un pariente francés, y que su texto sagrado tiene acuarelas.
Los planetas, o el mundo moderno en seis estaciones
Antes del zorro hay un viaje, y el viaje es un censo. El principito visita seis planetas, y en cada uno encuentra a un hombre solo, encerrado en una función que ha confundido con un ser. El rey que reina sobre nada y solo da las órdenes que se cumplirían de todos modos. El vanidoso que necesita ser admirado y no oye otra cosa. El bebedor que bebe para olvidar que bebe. El hombre de negocios que cuenta estrellas porque contarlas le parece poseerlas, y que no sabe qué son: Guénon lo habría reconocido enseguida como el ciudadano ejemplar del reino de la cantidad, el que ha sustituido la cualidad por el número y la contemplación por el inventario. El geógrafo que anota montañas y ríos y jamás ha salido de su despacho, porque explorar no es asunto suyo: el especulativo puro, el que conoce el mapa por referencias y por eso no sabe que el mapa se deja en la puerta.
Hay una excepción, y el texto la señala con una delicadeza que casi pasa inadvertida. El farolero, que enciende y apaga su farol cada minuto en un planeta que gira demasiado deprisa, obedece una consigna que ya no tiene sentido y la cumple igual. El principito piensa que es el único de todos que no le parece ridículo, porque se ocupa de otra cosa que de sí mismo. Es la imagen exacta del oficiante que repite un rito que ya no comprende: absurdo a los ojos del mundo, y sin embargo el único que sigue entregando algo. Guénon lo dejó dicho: el rito sigue siendo vehículo aunque sus oficiantes ya no sepan lo que hacen, y su efecto queda diferido, como un germen al que le faltan las condiciones para brotar. El farolero es un germen diferido con uniforme.
El zorro
El encuentro empieza con un malentendido, y el malentendido es la primera lección. El principito, triste, le pide al zorro que juegue con él. El zorro se niega: no puede jugar, dice, porque no está domesticado. No hay en esa negativa ninguna crueldad. Hay una condición. Lo que el niño pide (compañía, consuelo, un rato) es exactamente lo que se le pide hoy a una logia: algo que dar sin que haga falta nada previo. Y el zorro contesta lo que contesta toda vía seria: antes de que algo pase de uno a otro tiene que existir un lazo, y el lazo no se improvisa.
Domesticar, explica el zorro, es una cosa demasiado olvidada: significa crear lazos. Repárese en el adjetivo. No dice que sea difícil, ni secreta, ni elevada: dice que está olvidada. Es el diagnóstico de la primera parte de Dejar de vivir dividido metido en una frase. Lo que se ha perdido no es un contenido, es una relación; y lo que se transmite por una relación no es del orden de la información, y por eso no está en los libros, ni puede robarse, ni se pierde por indiscreción.
Luego viene el método, y aquí el zorro deja de parecerse a un personaje de cuento y empieza a parecerse a un maestro. Hay que ser muy paciente, dice. El principito se sentará primero un poco lejos, en la hierba; el zorro lo mirará de reojo, y él no dirá nada, porque el lenguaje es fuente de malentendidos. Y cada día podrá sentarse un poco más cerca. El zorro no enseña. Da la ocasión e indica los medios, que es todo cuanto un maestro puede hacer, y cuando intenta hacer más, estorba.
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