Hay un sótano en la calle Garay que ya no existe. Lo demolieron Zunino y Zungri poco después de que un hombre se tendiera de espaldas en su piso, a oscuras, con la vista fija en el decimonono escalón, y viera el universo. El hombre se llamaba Borges, o así decía llamarse en el cuento, y dejó escrito lo que vio con una honradez que la literatura rara vez se permite: admitió que no podía contarlo. Todo lenguaje, explicó, es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que su temerosa memoria apenas abarcaba?
Esa pregunta es la que ocupa este ensayo, y la respuesta tradicional es más dura que la de Borges: no se transmite, y no por falta de palabras. Lo que se vio en aquel sótano no pertenecía al orden de lo que pasa de unas manos a otras. Era otra cosa, más vistosa y más pobre.
Un sótano, una escalera, la oscuridad
Empecemos por lo que el cuento hace bien, que es mucho y que acaso Borges hizo sin proponérselo. Para ver el Aleph hay que bajar. No subir a una torre ni a una montaña: descender a un sótano, en una casa vieja, y tenderse en el suelo, a oscuras, en una posición precisa. Carlos Argentino Daneri le da las instrucciones con un cuidado de oficiante: la oscuridad es imprescindible, el ojo debe acostumbrarse, hay que mirar a un punto determinado de la escalera.
Cualquier masón reconoce el esquema. Antes de la luz, la cámara de reflexión: un cuarto estrecho y negro donde se deja solo al candidato. Y en sus paredes, siete palabras que el candidato lee sin saber que son un mapa: Visita Interiora Terrae Rectificando Invenies Occultum Lapidem. Visita el interior de la tierra; rectificando, encontrarás la piedra oculta. El descenso precede a todo ascenso, dije en Dejar de vivir dividido al comentar esa fórmula, y Borges lo pone en escena con una exactitud que da escalofríos: el Aleph está bajo tierra, en lo más bajo de la casa, y para verlo hay que yacer como un muerto.
Hasta aquí, el rito está entero. Lo que falta es una sola palabra de las siete, y es la decisiva: rectificando. Entre visitar el interior y encontrar la piedra hay un trabajo, y el narrador del cuento no hace ninguno. Baja, se acuesta, mira. Lo que encuentra no lo encuentra él: le es mostrado. La piedra del V.I.T.R.I.O.L. está oculta y hay que llegar hasta ella; el Aleph de la calle Garay está a la vista de cualquiera que se acueste en el lugar indicado. Esa facilidad debería haber bastado para desconfiar.
Ver todo
Lo que el narrador ve es una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor, de dos o tres centímetros de diámetro, en la que está el espacio cósmico sin disminución de tamaño: el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos. Sigue la enumeración más célebre de la lengua castellana: el mar populoso, el alba y la tarde, las muchedumbres de América, una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, un laberinto roto, todos los espejos del planeta y ninguno que lo reflejara, la circulación de su propia sangre, el engranaje del amor y la modificación de la muerte, y al fin el inconcebible universo.
Es una página prodigiosa, y por eso mismo hay que leerla con frialdad. ¿Qué ve exactamente el hombre del sótano? Ve todo lo que hay: todos los lugares, todos los ángulos, todas las cosas, simultáneas y sin mezclarse. Ve la manifestación entera de una vez. No ve otra cosa.
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