Agradecimientos
Julian Beaujardin
Todo cuanto hay en estas páginas viene de dos sitios, y ninguno de los dos es el estudio de un erudito: de años de trabajo, y de lo que otros me pusieron en las manos antes de que yo supiera pedirlo. Ninguno de ellos inventó nada. Recibieron y transmitieron, y por sus manos llegó hasta aquí lo que aquí se ordena. Están nombrados uno a uno en las notas, y ahí quiero que se los lea, porque cada uno puso lo que yo no tenía; y todos, por caminos distintos, alumbran el mismo eje.
Y hay que decirlo sin rodeos: aquí hay muy poco que sea mío. Quien escribe sobre una tradición no inventa: a lo sumo, ordena lo recibido y vuelve a ponerlo en circulación revestido a la medida de su época. Cada tiempo teje un vestido nuevo para la misma luz; estas páginas no pretenden otra cosa. Si el lector encuentra algo de valor, pertenece a la cadena de la que este libro es un eslabón tardío: mi único mérito habrá sido no interrumpirla.
Mi gratitud alcanza también a quienes transmitieron sin dejar nombre. La tradición operativa levantó catedrales que nadie firmó, y los hombres que tallaron aquellas piedras no trabajaban para que se les recordara. A esa larga fila de anónimos —maestros de obra, copistas, instructores, hombres que enseñaron lo que habían recibido— le debo más de lo que cabe en una bibliografía.
Agradezco igualmente a quienes discrepan: quien contradice con cortesía obliga a precisar, y ayuda más que quien asiente por inercia.
Los errores son míos y de nadie más, y pido por ellos la paciencia del lector. Ninguno debe atribuirse a las fuentes: si al citarlas he entendido mal, la falta es del intérprete y no del texto.
A la memoria de Javier Guerra, por aquellas ilustraciones que no llegamos a terminar, quizá porque el Gran Arquitecto no las tenía en sus planos. Los pocos trazados geométricos que el lector hallará en esta obra no pretenden ocupar su lugar: son líneas de pizarra, no lo que habrían sido en sus manos. Quede entonces al lector la tarea de levantar en su interior las imágenes que aquí faltan.
Una obra como esta se entrega inconclusa a sabiendas, como se entrega un texto sin vocales. El autor pone las consonantes: el orden, las figuras, la letra. Las vocales las trae el lector: su historia, sus preguntas, sus heridas. Y solo cuando él las pone, el texto suena. Esa música ya no es del autor: nace, cada vez, del encuentro.
A todos ellos debo lo que estas páginas tengan de valor.
Fiat Lux!
Transmito, pero nada creo. Confío en los antiguos, y los amo.
Confucio, Analectas, VII, 1