Miremos las castas hindúes desde la perspectiva tradicional, y no desde la explicación sociológica o histórica que hoy se da por descontada. Las castas no son en primer lugar una estructura social: son la manifestación de un orden que precede a lo social. El principio es que cada ser tiene un lugar y una función determinados dentro del conjunto, y que la armonía del conjunto depende de que cada cual ocupe el suyo.
Nombrémoslas. La tradición hindú distingue cuatro: el brahmán custodia y enseña el conocimiento sagrado; el kshatriya gobierna y defiende (suyo es el poder temporal); el vaishya produce (la tierra, el ganado, el comercio, los oficios); y el shudra presta el servicio y el trabajo material sin los cuales nada de lo anterior se sostiene.
Cada casta es así una función a la vez espiritual y social: no una tabla de valores, sino un reparto de lo necesario. El brahmán ocupa la cima por su proximidad al principio, no por privilegio. Cada casta posee además su dharma, su deber propio, y el cumplimiento de ese deber es lo que sostiene simultáneamente el orden del mundo y el crecimiento interior del individuo. Cumplir el deber que a uno le toca vale más, en esa doctrina, que cumplir bien el ajeno.
Y aquí está lo que la polémica sobre la palabra nunca mira, aunque basta abrir un diccionario: la palabra sánscrita que traducimos por casta es varna, y varna significa color. No color de piel. Color en el sentido en que decimos que alguien tiene un temperamento, una tonalidad propia, una cualidad dominante que lo tiñe todo. A cada función corresponde un color: blanco el brahmán, rojo el kshatriya, amarillo el vaishya, negro el shudra. Y detrás de esos colores están las tres cualidades que la doctrina hindú llama gunas: la que tiende hacia arriba y hacia la luz, la que se expande y agita en el plano horizontal, y la que tira hacia abajo y hacia la inercia. Un hombre no es de una casta por haber nacido en tal familia: lo es porque una de esas cualidades predomina en él y decide para qué sirve mejor.
De modo que la casta se funda en la naturaleza innata del ser. Cada hombre trae disposiciones que lo hacen apto para una función y no para otra, y forzar esa naturaleza no es liberar a nadie: es desorganizar a todos.
Lo cual explica, de paso, por qué el sistema fue hereditario sin ser injusto en su origen. Si la naturaleza determina la función, y si el ser nace en la familia que corresponde a su naturaleza (la herencia es el signo, no la causa), entonces la transmisión familiar del oficio no imponía la función: la constataba. Era la manera normal de que cada uno estuviera donde debía. La degeneración empieza cuando la forma hereditaria sobrevive a la correspondencia que la justificaba, y el hombre queda encerrado en una casta que ya no describe lo que es. Entonces sí se convierte en una prisión, y de ahí viene, con razón, todo el desprecio moderno hacia la palabra.
Hay un detalle más, y es el que a nosotros nos concierne directamente. En esa tradición, los hombres de las tres primeras castas son dvija: dos veces nacidos. Reciben, además del nacimiento físico, un segundo nacimiento ritual que los habilita para el conocimiento sagrado. La cuarta no lo recibe. Y precisemos el paralelo, porque el lector instruido lo exigirá: ese segundo nacimiento no es todavía una iniciación; es la cualificación que abre el acceso a lo sagrado, y sin ella no hay tránsito. La analogía con nuestro caso desciende de ahí, y como analogía se ofrece. Retengamos la expresión: toda iniciación auténtica es un segundo nacimiento, y no una metáfora de segundo nacimiento. La masonería no inventó esa idea. La heredó.
De ahí que haya que reconocer que el sistema de castas ha degenerado hasta convertirse en una estructura rígida y opresiva, enteramente desvinculada de aquellos fundamentos que la justificaban. Y de ahí también que haya que criticar el igualitarismo moderno, que no niega la dignidad de los hombres, sino sus diferencias: pretender que todos somos lo mismo no eleva a nadie; sencillamente impide que cada cual encuentre su lugar. Ambas cosas son ciertas a la vez, y hay que sostenerlas a la vez.
Cuando decimos, entonces, que la masonería es una vía para hombres de la tercera casta con inclinación de artesanos, no estamos rebajando a nadie. Estamos situando con precisión.
Y dígase con rigor qué clase de frase es esa: una correspondencia de función, no un censo hindú; una lectura que el autor asume como propia. Se habla del lugar del que produce y trata con la materia, se llame como se llame en cada tradición. Y en una edad en que las castas ya no se leen por nacimiento, el varna de un hombre se reconoce en su disposición ante el trabajo: lo primero que la Orden debería examinar en quien pide la entrada.
La segunda mitad de la fórmula hace un trabajo que suele pasarse por alto. La tercera casta comprende a la vez al comerciante y al artesano: los dos producen, los dos tratan con la materia, los dos pertenecen a la misma función. Pero el comerciante trabaja con el intercambio y el artesano con la forma, y no es lo mismo. Al decir con inclinación de artesanos se está eligiendo, dentro de esa casta, una disposición y no la otra. Quien viene a la logia con el temperamento del comerciante —a establecer contactos, a intercambiar favores, a hacer valer lo que trae de fuera— está en la casta correcta y en la inclinación equivocada. Y esa disposición no la diagnostica uno mismo: reconocerla es oficio de quien aploma al que toca a la puerta (así lo llama el oficio en algunas casas), y se reconoce despacio, durante todo el tiempo de trabajo que precede a la iniciación, que para eso existe. Cuando ese examen se omite, el comerciante entra. Y esa confusión, que parece menor, es el origen de buena parte de lo que examinaremos más adelante.
Por lo mismo, las vías iniciáticas se distinguen por su punto de apoyo, y no son dos, sino tres. Hay iniciaciones sacerdotales, que proceden por el rito consagrado y la contemplación. Hay iniciaciones caballerescas, que proceden por la acción y el combate, y que responden a la naturaleza del kshatriya: Occidente las tuvo; la más conocida fue la orden del Temple (caso mixto, en rigor: una orden militar bajo regla religiosa toma prestado el encuadre de la primera vía para recorrer la segunda). Y hay iniciaciones de oficio, que proceden por el trabajo con la materia. La masonería, como el compañerazgo, es de las terceras: no es una sacerdotal degradada ni una caballeresca desarmada; es otra cosa, con método propio y dignidad propia.
Estamos diciendo, en definitiva, algo mucho más útil: que la masonería es una vía de oficio. Que su lenguaje es el de la construcción porque su método es el del constructor. Que no procede por contemplación pura ni por vía sacerdotal, sino por el trabajo con la materia (la piedra, la escuadra, el compás, el mazo), y que ese trabajo con la materia es el que produce, en quien lo realiza con rectitud, una transformación que ninguna especulación abstracta produciría en él.
No es una vía menor. Es una vía precisa.