Capítulo 1
Qué es la masonería
Julian Beaujardin
Empecemos por donde casi nunca se empieza: por la palabra misma.
Masonería viene de maçon: albañil, el que levanta con piedra. No significa sabiduría, ni misterio, ni luz. Significa el oficio de los constructores, y no hay que apresurarse a lamentarlo, porque esa modestia del nombre es la primera cosa exacta que hay que decir. La palabra no promete una doctrina: promete un trabajo. Más adelante se verá que ahí estaba dicho todo.
Lo que la masonería es, en cambio, es una tradición. Y tradición, en su sentido etimológico y propio, significa entrega: del latín tradere, poner una cosa en manos de otro. Lo cual supone, en el otro extremo de la cadena, un recibo: alguien que recibe alguna cosa. Hay incluso una lengua en la que la palabra que nombra a la tradición dice eso y nada más: en hebreo, qabbalah (la cábala) significa literalmente lo recibido. Retengamos el dato.
No es una costumbre antigua que se repite por respeto a los abuelos. No es un estilo, ni una estética, ni un conjunto de usos venerables. Es la transmisión efectiva de algo que uno no fabricó y que no le pertenece: nuestra única función es recibirlo íntegro y entregarlo íntegro.
Esto debe decirse de entrada, porque hoy la palabra está de moda, y las palabras de moda suelen ser las primeras en vaciarse.
Existen, sobre todo en el Reino Unido y en los Estados Unidos, numerosas logias dedicadas al estudio histórico de la masonería, y hacen un trabajo serio que no se discute. Pero hay dos cosas que por fuera se parecen mucho, y no deben confundirse. Puede escribirse una historia excelente de una tradición sin estar dentro de ella, y quien la escribe no pretende estarlo: hace historia, y la hace bien. El erudito de una tradición y quien la recibe no ocupan el mismo lugar, aunque manejen los mismos textos y se sienten a la misma mesa.
Otra cosa, muy distinta, es la que hay que nombrar aquí. No pocas figuras del espectáculo y de la vida pública se han dedicado a ser masones, dicen ellos. Van a lo que podríamos llamar el club masónico: un lugar donde se asiste, se pertenece, se conversa, se cena, se posa para la fotografía. Es una cosa sin fundamento alguno. Perdónenme la franqueza, pero no es de recibo, en el sentido literal de la expresión: no hay allí nada serio que se reciba, al menos no de lo que importa a la Tradición. Compañía sí, y hospitalidad, y una buena mesa. Pero nada de lo importante pasa de unas manos a otras, que era lo único que allí debía ocurrir.
Esto no es una queja mundana. Es una precisión doctrinal, y una precisión que cuesta caro pasar por alto. La pertenencia no es ningún secreto, y decir «pertenezco a una logia» no delata a nadie. Lo que delata es otra cosa: presentarse como quien es masón, con el énfasis del que exhibe una posesión. Si alguien se les presenta así, denle las gracias con toda cortesía y pregúntense, con disimulo, qué les está vendiendo.
Porque quien lo es no se presenta así, y no por secretismo de opereta, sino por una razón más simple: nadie se recibe a sí mismo. Uno puede declarar que fue iniciado, que pertenece a una logia, que está al día en sus cuotas; todo eso es verificable, y ninguna de esas cosas es la que aquí importa. La condición que la palabra nombra no se proclama: se la reconocen a uno sus HH∴, por lo que ven en él, o no se la reconoce nadie. Y ese reconocimiento no confiere nada, porque no hay nada que conferir: solo describe lo que ya hay, o constata que no lo hay.
Quien la proclama está informando, sin proponérselo, de que todavía no ha entendido en qué consiste la cosa.
Entonces, ¿qué es la masonería?
La masonería es una tradición esotérica auténtica, con raíces en antiguas corrientes de conocimiento espiritual y metafísico, que ofrece, en la edad de hierro, una vía de realización del estado humano mediante un método iniciático de ritos y símbolos, destinada a hombres de la tercera casta, con inclinación de artesanos.
Cada elemento de esa definición pide su parada. Ninguno se agota aquí: cada uno abre un frente que iremos recorriendo durante toda esta obra, y diremos desde ahora dónde se cobra cada cosa, para que el lector sepa que hay un método y no una sucesión de afirmaciones.
Una tradición esotérica auténtica. Y hay que precisar desde el principio qué significa aquí esotérica. No quiere decir oculta en el sentido policial del término, como si se tratara de esconder un secreto que otro pudiera robar. Quiere decir interior: lo que pertenece a una dimensión más honda de la misma realidad.
Hay un exoterismo, que es la forma exterior, visible, comunicable; y hay un esoterismo, que es su dimensión interna, y que no se comunica del mismo modo porque no es del mismo orden. No son dos grados de información: son dos dimensiones de una misma realidad.
Es la clave de todo el libro, y a su hora se verá por qué el esoterismo no puede derivarse de lo exterior ni reducirse a ello, y por qué, mientras permanezca en este mundo, necesita una forma exterior que lo contenga, lo preserve y lo transmita. El exterior es el cuerpo de la Tradición; el interior, su espíritu. Separados, ambos pierden su sentido.
Con raíces en antiguas corrientes de conocimiento espiritual y metafísico. No es una cortesía del párrafo: es una filiación con dos respuestas que habrá que pesar por separado. La histórica está en las cofradías de constructores; la iniciática no se documenta, sino que se testimonia.
En la edad de hierro. No es una fecha: es el diagnóstico del tiempo en que esta vía se ofrece, y de él depende entender por qué es esta, y no otra, la que sigue practicable.
Porque una vía no se ofrece en el vacío. Cada edad impone sus condiciones, sus límites y sus posibilidades. Lo que fue posible en otro tiempo puede haber dejado de serlo; y lo que hoy sigue accesible lo está, precisamente, porque responde a las condiciones de esta época.
La doctrina de las edades quedará para el final del libro, cuando pueda mirarse hacia atrás y comprender qué significa construir en el destierro: lejos del centro, privados de condiciones que otro tiempo tuvo, y llamados, sin embargo, a mantener viva la dirección de la corriente cuando todo empuja en sentido contrario.
Una vía de realización del estado humano. No una doctrina que se aprende, sino un camino que se recorre y que produce un efecto real sobre quien lo recorre. Si al cabo de veinte años un hombre es el mismo hombre que entró, con más información y más collares, entonces no ha recorrido nada.
Que ese efecto se produzca o se quede dormido no depende del rito, sino del hombre que lo recibe. Ahí aparece una distinción que nos acompañará: la de la iniciación virtual y la efectiva. No basta con haber recibido una forma: hace falta que lo que la forma contiene llegue a actualizarse en quien la recibe.
Y qué significa, con todas sus letras, realizar el estado humano (que no es una manera de hablar, sino la más precisa de las promesas) solo podrá decirse cuando el lector tenga el mapa delante.
Mediante un método iniciático de ritos y símbolos. El método no es accesorio. No se llega a lo mismo por otra vía, ni leyendo mucho, ni siendo buena persona, ni rezando tres padrenuestros, ni asistiendo con puntualidad. Todo eso puede tener su valor; pertenece a otro orden.
Los ritos y los símbolos no ilustran una enseñanza que pudiera transmitirse de otro modo: son la enseñanza, operando por vías que no son las del discurso, y que por eso mismo no se dejan sustituir por explicaciones.
De qué está hecho un símbolo, y por qué contiene más de lo que muestra, se dirá al llegar al arte: fue en el arte donde esa enseñanza se refugió cuando otras vías comenzaron a cerrarse.
Y qué distingue un rito que opera de una ceremonia que solo se ejecuta, se verá al tratar la regularidad. Quede dicho desde ya: ejecutar un rito y realizar lo que contiene son cosas distintas.
Para hombres de la tercera casta, con inclinación de artesanos. Este último es el único que no admite aplazamiento, porque es el que más incomoda al oído moderno y el más fácil de malinterpretar si se deja para después.
La palabra casta pide aquí una precisión inmediata. No hablamos de clase social, ni de riqueza, ni de prestigio, ni de jerarquía entre los hombres: hablamos, en el sentido tradicional, de una disposición, una función y una naturaleza dentro del orden humano. Y artesano tampoco nombra simplemente al que trabaja con las manos, sino al que tiene la disposición interior del que construye: transforma la materia y aprende por la obra.
La distinción importa, porque la masonería que aquí interesa no se dirige al hombre abstracto, desprovisto de toda cualificación interior, sino a un tipo humano determinado y a una disposición concreta ante el trabajo sobre sí.
Aquí el lenguaje de la Tradición empieza a separarse del lenguaje moderno: no para establecer privilegios, sino para describir diferencias. Y esas diferencias, para comprenderse en sus términos, no pueden sustituirse por las categorías de nuestro tiempo.