Ir al contenido principal
Dejar de vivir dividido

Prólogo

La palabra como comienzo del camino

Julian Beaujardin

Permítanme comenzar con una pregunta simple. ¿Cuál es la herramienta más poderosa que posee el ser humano?

Algunos responderían que la inteligencia; otros, que la voluntad; otros, la capacidad de crear, de razonar, de levantar civilizaciones. Y todos, de alguna manera, tendrían razón. Pero existe una herramienta anterior a todas ellas, sin la cual la inteligencia no puede expresarse, la voluntad no puede comunicarse y el conocimiento no puede transmitirse.

Esa herramienta es la palabra.

Antes de construir una ciudad, el hombre tuvo que imaginarla; antes de imaginarla, tuvo que nombrarla. Porque aquello que no tiene nombre permanece, para nosotros, en una especie de oscuridad. Nombrar es el primer acto mediante el cual el hombre comienza a ordenar el caos, y quizá por eso, desde las tradiciones más antiguas de la humanidad, la palabra ha ocupado siempre un lugar sagrado.

En el principio era el Verbo. No un sonido, ni una combinación de letras: un principio creador, una fuerza capaz de transformar una idea invisible en una realidad visible.

Las palabras no son solo instrumentos para comunicarnos con otros: son también aquello con lo que nos comunicamos con nosotros mismos. Pensamos con palabras. Recordamos con palabras. Interpretamos la realidad con palabras. Y cuando las palabras pierden su significado, algo más profundo comienza a deteriorarse.

Porque una sociedad no pierde primero sus instituciones. Una sociedad pierde primero sus conceptos. Antes de que una civilización entre en crisis política, económica o moral, suele entrar en una crisis del lenguaje: las palabras continúan existiendo, pero dejan de significar lo mismo. Se habla de libertad, pero ya no todos entienden libertad de la misma manera. Se habla de verdad, y son cada vez menos los que creen que exista una verdad objetiva. Se habla de espiritualidad, y muchas veces se la confunde con estados emocionales pasajeros. Se habla de conocimiento, y se confunde la información con la sabiduría. Cuando las palabras dejan de corresponder a las cosas y se convierten en simples herramientas de conveniencia, el pensamiento se queda trabajando con instrumentos falsos.

Este libro nace de esa constatación, y de otra que le es inseparable.

Entre las vías que el hombre ha tenido para acercarse a los misterios de su existencia, una es la masonería. Heredera de tradiciones que no buscaban solo iluminar al individuo, sino elevar por él a toda una comunidad, se ha ido transformando, gradual pero constantemente, en una entidad distinta: más corporativa, más burocrática, más pendiente de los procedimientos y de la jurisprudencia que de la hondura de sus enseñanzas. El esoterismo no era en ella un ornamento: era el medio mismo de transmitir, por vías que hablan a la vez al intelecto y a la intuición, lo que el discurso no alcanza. Hoy, en muchas logias, ese medio quedó relegado a favor de una lectura literal, y los rituales y los símbolos siguen en uso con el significado intacto, esperando a quien vuelva a buscarlo debajo.

Ahora bien, lo que la Tradición nos dice es que estas dos crisis, la del lenguaje y la de la iniciación, no son crisis distintas.

Son la misma.

Una tradición iniciática se transmite por símbolos, y el lenguaje es la forma más humilde del símbolo. Cuando un hombre pierde la capacidad de distinguir entre una palabra y otra, entre una idea y su apariencia, entre lo que cree y lo que sabe, ningún símbolo podrá trabajar dentro de él. Podrá verlo, describirlo, incluso volverse erudito en su historia. Pero no podrá hacerlo trabajar. Y una iniciación que no llega a trabajar en un hombre no deja por ello de ser válida (esto importa mucho, y volveremos sobre ello): se queda dormida. Donde la cadena no se rompió (y de eso se hablará despacio), el depósito está entero; lo que falta es quien lo abra.

Aquí aparece la pregunta central de todo cuanto sigue: ¿Por qué un hombre regularmente iniciado puede pasar la vida entera delante de los símbolos sin recibir ninguno?

No porque le falte mérito, ni voluntad, ni siquiera inteligencia. Y tampoco porque el rito haya fallado: veremos que no falla, y que eso es a la vez la mejor y la más exigente de las noticias. La Tradición conoció siempre la respuesta, y la dijo con imágenes que llevamos siglos repitiendo sin oírlas. Antes de elevarse, el hombre debe transformarse. Antes de buscar la luz, debe preparar la lámpara. Antes de contemplar el templo, debe trabajar la piedra.

De esa pregunta, sin embargo, se ocupan muy pocas obras. Las que hoy se escriben sobre masonería caben casi todas en dos estantes. En el primero está la erudición: historias de la Orden, constituciones, actas, polémicas de fechas; trabajo serio, que aprovecho y agradezco, hecho por hombres que saben cada vez más sobre la Tradición y no esperan recibir nada de ella. En el segundo está la divulgación: virtudes, valores, superación del individuo; obras que prometen mejorar al lector, que es lo único que una vía iniciática no promete. Entre los dos estantes hay un hueco: el de la obra que tome la masonería en serio como lo que es, una vía de transmisión, y pregunte por qué ya casi nunca transmite.

Este libro pretende ese hueco.

Por eso recorreremos un camino que puede parecer indirecto y no lo es.

La primera parte se ocupa del diagnóstico, y no lo hace de un solo modo. Empieza por establecer qué es la masonería y qué no es, porque sin eso no hay nada que echar de menos. Sigue por las dos deformaciones que la vacían desde dentro: la moral puesta en el lugar del trabajo, y el ego alimentado precisamente por aquello que debía disolverlo. Se detiene después en lo que un hombre encuentra cuando comienza el trabajo en una logia, que es la parte de este libro que más me ha costado escribir. Sigue preguntando adónde fue a parar lo que parece haberse perdido, porque las cosas no se evaporan. Y termina cuando en el lugar que aquello había dejado vacío se instaló una imitación que todavía hoy se confunde con la cosa.

La segunda parte retrocede hasta las tres disciplinas que durante siglos fueron consideradas la base de toda formación del hombre libre: la Gramática, la Lógica y la Retórica, reunidas bajo el nombre de Trivium. Hoy las vemos como materias escolares; para los antiguos eran otra cosa. La Gramática enseñaba a nombrar correctamente; la Lógica, a pensar correctamente; la Retórica, a transmitir sin traicionar aquello que se había comprendido. La Tradición nunca las tuvo por cosa de escuela: sabía que sin ellas no hay transmisión posible, y por eso las puso dentro del propio templo; la segunda parte mostrará dónde.

Y quizá, sin decirlo, los antiguos estaban hablando de algo más que de tres asignaturas. Un hombre cuyas palabras no corresponden a las cosas no puede pensar con exactitud, porque piensa con palabras. Y un hombre que no piensa con exactitud no puede recibir aquello que solo se entrega en forma de símbolo, porque lo traducirá de inmediato a lo primero que sepa manejar. Las tres artes no están ordenadas por importancia. Están ordenadas porque cada una es la condición de la siguiente.

Y digamos desde ahora para qué sirven aquí, porque no es para lo que suele suponerse. No son un programa de mejora personal. El lenguaje es la forma más humilde del símbolo, y estas tres artes reparan el órgano con el que un símbolo se recibe. No hacen mejor al hombre: lo hacen capaz.

La tercera parte cruza la frontera que las dos primeras dejan a la vista: la que separa la psique del espíritu. Pregunta quién es el que usa las herramientas; dibuja el mapa que la tradición trazó de esa pregunta (un centro, un radio, una circunferencia); y enuncia lo que hace real el paso: la vía, el maestro, el rito, y la muerte por la que se entra. La cuarta parte entra, por fin, en el templo: lo lee entero con el instrumento ganado, y muestra que Atenas y Jerusalén trabajan juntas en ese cuarto desde hace tres siglos. Contesta las preguntas que esperan en el pórtico y deja un método de taller, hasta llegar al único templo que faltaba, el que cada hombre es. Y un epílogo saca la pregunta del templo al camino: cuatro caminos hacia la misma pregunta (dos desde fuera del templo), y una deuda con el mayor de ellos, saldada al fin.

Falta decir de dónde sale este libro, porque no salió de una biblioteca. Durante años, un puñado de masones de logias y países distintos sostuvimos un trabajo común que no se reunía en ningún templo. Se reunía donde se podía: en la pantalla de un teléfono, a deshoras, entre oficios, familias y obligaciones. No teníamos un templo común, pero teníamos algo más difícil de sostener: una disciplina común. Allí se leyó despacio, se discutió cada palabra, se atravesó también un duelo, y se templó la gramática común que estas páginas emplean. Buena parte de lo que el lector encontrará aquí se trabajó primero allí, en el idioma rápido de una conversación sin el rigor que impone una tenida (así llamamos a nuestras reuniones rituales), pero con el respeto y la responsabilidad que conllevan las conversaciones serias entre hermanos, reunidos como se reúnen los masones: al nivel. Lo consigno por gratitud y por algo más: porque es la prueba, pequeña y suficiente, de que el trabajo que en la primera parte de este libro echamos de menos en las logias sigue siendo posible dondequiera que haya media docena de hombres dispuestos. Y de que cuando ocurre, nadie necesita preguntar si aquello es masonería. No somos legión1: nunca lo hemos sido, y nunca lo necesitaremos. El nombre de la multitud ya tiene dueño. Y la cantidad, se verá a lo largo de esta obra, nunca fue la medida de lo que aquí importa.

A lo largo del camino nos acompañarán varios hombres. René Guénon, con su crítica a la pérdida de la dimensión metafísica del hombre moderno. Carl Gustav Jung, testigo de lo psíquico y no doctrina, para mirar de frente aquello que en nosotros trabaja sin nuestro permiso; la tercera parte le trazará la frontera. Raimon Arola, que ha seguido el rastro de lo sagrado hasta el lugar donde tuvo que refugiarse cuando el mundo dejó de pensar por analogía. Henry Corbin, que fijó como nadie qué es un símbolo y qué no lo es. Pico della Mirandola, humanista de primera hora, para quien la dignidad del hombre consistía en aquello que el hombre debía recibir. Louis Cattiaux, pintor y poeta, prueba de que una obra todavía puede estar dentro de algo. Ananda Coomaraswamy, que enseñó que las doctrinas tradicionales no tienen psicología: tienen una ciencia del espíritu. Titus Burckhardt, que devolvió a la alquimia su sentido. Y Honorio Gimeno, maestro masón, que transmite la doctrina como debe enseñarse: con geometría. En el camino de vuelta, ya fuera del templo, esperan además dos voces profanas: Nicolás Maquiavelo, que enseñó a mirar al hombre tal como es, y Carlos Alberto Montaner, para recordarnos que la libertad exterior descansa siempre sobre una condición interior. No serán los únicos, y no importa la cuenta: ninguno viene a poner autoridad, vienen a poner ojos.

Y uno más, que no viene detrás de los otros: Fermín Vale Amesti2. Le debo buena parte de lo que soy, y algo que no cabe en una lista de autores. Cuando lo cite, el lector sabrá que no cito una lectura.

Hay, además, una voz que el lector encontrará varias veces sin nombre: la de un maestro que tuve, formado en la misma cadena de la que desciende lo mejor de este libro, y por cuyas manos me fue pasado lo que por esa vía llegaba. A él pertenecen algunas de las mejores imágenes que siguen y varias de sus preguntas más incómodas. No lo nombro, y no es descuido ni ingratitud: la tercera memoria con que abre este libro es suya, y hay deudas que se pagan mejor en silencio.

Y por encima de todos, la propia Tradición, que es lo único que ninguno de ellos inventó. Porque quizá la pregunta más importante no sea «¿cuánto sabemos?», sino «¿en qué nos hemos convertido gracias a aquello que sabemos?». Y tal vez allí comience la diferencia entre conocimiento y sabiduría.

Este es un viaje de retorno: un reencuentro con la masonería primigenia, el Arte Regio; no como una forma del pasado, sino como una realidad permanente que espera a todo aquel dispuesto a emprender el regreso hacia sí mismo.

Y para comenzarlo debemos volver al primer peldaño: al arte antiguo de comprender que una palabra no es solamente una palabra.

Una palabra es una llave.

Y dependiendo de cómo la utilicemos, puede abrir una puerta hacia la verdad o construir una prisión alrededor de nuestra propia ignorancia.


  1. En el Evangelio, Legión es el nombre con que se presenta el demonio de Gerasa cuando se le pregunta el suyo: «¿Cómo te llamas? Y él dijo: Legión; porque somos muchos» (Marcos 5, 9; también Lucas 8, 30).  

  2. Fermín Vale Amesti (Albanashar Al-Wali), El retorno de Henoch o la masonería primigenia, Editorial Dilema / Manakel, Madrid, 2009. ISBN 978-84-9827-149-2.